Como el cuello infinito

Sigo arrastrando los pies, que cargan el día entero, pero se despegan de la acera y me voy elevando por la calle medio vacía. Por encima de papeles y colillas, de los coches aparcados en hilera. Por encima del escaparate de la tienda de marcos y molduras a punto de cerrar, del tintín de los vasos del Sabadelle, recién abierto, y del cartel luminoso del hostal Mar de Plata, que nunca se apaga.

Tres, cuatro, cinco metros. Sigo adelante, flotando entre edificios. Ya estoy a la altura de las ventanas del segundo piso. Paso tan cerca que podría hablar con los habitantes del inmueble. Escuchar el telediario con el hombre de la camiseta de tirantes, espachurrado en el sofá. Probar la sopa que hace rato que cuece, junto a la mesa de cocina del piso de estudiantes. Acariciar las toallas esponjosas que Pepa descuelga ya secas del tendedero de la galería.

Siete, ocho, nueve metros. Flotar me hace sentir libre. Desaparecen las líneas de los adoquines, se desdibujan las copas de los árboles y las tareas del calendario. Una multitud de lucecitas desenfocadas siembran el paisaje urbano, como si Seurat estuviera pintando el anochecer del siglo XXI: tiras de farolas amarillentas serpenteando las calles, los ojos blancos de los coches que vienen, y los rojos de los que van, la coreografía en bucle de los ciclos semafóricos.

Para mí, es el camino mágico a casa. No todas piensan que es mágico, quizás no son conscientes del privilegio de atravesar la ciudad en vuelo rasante. Pero ninguna de las personas que flotan a mi alrededor tiene prisa. Esto es. Esto tenemos en común. Hay quienes pasean de la mano, y quienes sostienen una correa. Hay quienes pausan su mente en el horizonte y quienes sudan el estrés del trabajo a toda leche. Perros que se persiguen. Autofotos temerarias. La chica de las ocho. Pero nadie tenemos prisa.

Es un camino flotante que envuelve el barrio a diez metros de altura. Como los aros de humo de un cigarrillo que se hacen exhalando. O los cinturones de asteroides de Saturno. Es un lugar comparable al High Line de Nueva York, pero sin gentrificar. Sin restricciones horarias ni polución. Con el poso de siglos de historias por encima. No es ningún jardín, pero sobrevuela el bosque sagrado, y puede pasearse sin detenerse, porque al ser un corro no tiene principio ni fin.

La chica de las ocho se abriga siempre con cuellos infinitos tejidos a crochet, y con gorros de lana. Con borla. Se los hace su madre. Hoy los lleva blancos, pero cuellos y gorros los tiene de muchos colores. Y siempre combinan, como si salieran de una misma paleta de otoño, de tierra mojada y hojas caídas. Siempre nos cruzamos a éstas horas, pero la oscuridad sólo deja descubrirnos cuando estamos muy cerca, con el tiempo justo de mirarse de reojo y esbozar una sonrisa. Porque para saber si alguien te mira a los ojos tú debes mirar también, simultáneamente. O para saber si se gira a ver cómo te alejas.

Yo no sé si se gira cuando me alejo, pero sigo adelante, por el camino mágico a casa, porque sé que en pocos minutos nos volveremos a cruzar sobrevolando el barrio. Hasta que de tantos pequeños instantes hagamos un buen rato.

 

* Referencias

Texto inspirado en la vida cotidiana de la muralla de Lugo como espacio público singular y extraordinario.

Imagen: Dibujo de Juan Creus Andrade para la publicación «Recinto. Lugo: historia y ciudad», 2014.

Palabras de:

Arnau Boix i Pla

Fecha de publicación:

26/09/2021

Escrito originalmente en:

catalán

Tags:

Vida cotidiana / Espacio público